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Vos… ¿quién sos?
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¿Quién soy? ¡Yo soy vos! Haciendo lo que vos no te atreviste a hacer. Le
declaré mi amor a Taimir, nos hundimos en un valle de perfume, rosas, besos y
calidez, nos abrazamos el alma, nos casamos… y, después, me aburrió. Siempre
hablamos de las mismas cosas. ¡Es tan pegajosa! Ya ni siquiera siento cuando le
digo “te amo”. Es como decirle “tengo sueño”. Esas mariposas que sentía cuando
me besaba desaparecieron y es como si me diera un beso mi madre. Me he
acostumbrado demasiado a ella.
Benjamín
sintió un acceso de rabia y, al mismo tiempo, un sentimiento de comprensión.
¿Cómo podía él ser tan cruel al hablar de Taimir, el amor de su vida? Al mismo
tiempo… ¿Acaso Benjamín no se contenía fuertemente de decir lo mismo acerca de
Elena? Ambos se habían aburrido de sus esposas luego de haberlas amado tanto.
Así
fue como los dos decidieron cambiarse de lugar por unas horas todos los días.
Ninguna de las mujeres sospecharía del cambio. Sólo se encontrarían con un
marido que, por unas horas, las amaba de verdad.
Había
veces en que pasaban los dos un día con una mujer y un día con la otra logrando
sacar lo mejor de cada momento y compartir la vida.
Las
cosas marchaban bastante bien. Las mujeres, particularmente perspicaces, podían
sospechar de la ausencia de su marido y del cambio de sus sentimientos… pero no
que su marido era sustituido por uno mejor. De hecho, Benjamín, al llegar a su
casa, siempre hallaba a Elena satisfecha.
Pero
el tiempo pasó y, aunque las cosas seguían marchando bien, los cambios se
empezaron a hacer menos frecuentes. Cada uno empezaba a sentir deseos de estar con su respectiva esposa y a visitar cada vez menos el altillo.
Los
paseos por el florido jardín, las tardes escuchando música, tomando el té con
los amigos o solamente con Elena, las salidas al teatro y las noches en vela se
empezaban a convertir en momentos maravillosos para Benjamín. Elena, de
repente, era para él la mejor esposa del mundo sin ninguna duda. Nada de
charlas melosas, tardes mirando el ocaso en silencio, tediosas horas escuchando
baladas ni leyendo novelas rosas. A Elena le gustaba la comedia inteligente, la
música de cámara, el baile de salón y algunos domingos sin Misa.
Benjamín
se preguntaba si su otro yo se la pasaba tan bien como él.
Sin
embargo, una noche, se despertó con un sentimiento de urgencia. Elena dormía
como un tronco, o fingía dormir, luego de haber tenido con él una discusión
acalorada. Al parecer, ella sospechaba la infidelidad, aunque no podía
comprobarla. Furioso, él la había tratado de desquiciada, desconfiada,
paranoica y caprichosa.
Tuvo
deseos de ver a Taimir.
Benjamín
se preguntaba si su otro yo estaría pasando por lo mismo.
Silenciosamente,
se deslizó por la habitación hacia el pasillo descuidado, trepó por la escalera
de mano, abrió la puerta del altillo y se halló de nuevo en aquel oscuro
recinto sin ninguna luz. Tanteó las paredes astilladas rogando que ninguna le
hiriera la mano, palpó la puerta del espejo y cruzó hacia el otro lado.
Abrió
la puerta trampa a toda prisa, se lanzó en busca de la escalera… pero ésta no
estaba. Estuvo colgado por un buen rato intentando tocarla con los pies. Tal
vez había errado la posición de dicho mueble. Algo se le clavó en el dedo
obligándolo a soltarse de donde estaba colgado. Cayó de cola al suelo y,
dolorido, se dirigió al cuarto de Taimir.
Para
su sorpresa, la halló sola en posición de espera. Parecía haber esperado por su
esposo por horas para hacer el amor puesto que sus pechos desnudos estaban
cubiertos por su largo pelo ondulado.
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Mi amor, por fin llegaste. – le dijo ella poniéndose colorada por la alegría. –
Me estaba por quedar dormida.
Benjamín
corrió hacia la cama y estaba por quitarse la ropa cuando oyó pasos en la sala
de estar.
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Tai, ya volví. Fui a casa de tu madre, pero estaban todos bien. – dijo la voz
del otro Benjamín.
Taimir
miró a su falso esposo totalmente pasmada. Éste, alarmado, corrió hacia el
armario, se escondió entre los abrigos y cerró la puerta como pudo. Nunca se
había imaginado que el otro no iba a planear cambiarse de lugar esa noche.
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¿Qué pasa, Tai? ¿Por qué estás tan nerviosa? – inquirió el hombre con
brusquedad.
Ella
no contestaba. Lo mirada perpleja mientras temblaba.
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Hay olor a perfume de hombre. ¿¡Hay alguien acá!?
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