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No, mi amor, debe ser el tuyo…
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¡No mientas! ¡Yo no uso ese perfume, vos lo sabés!
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Vos usás cualquier…
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¡Callate, hija de puta! – gritó el hombre dándole una sonora bofetada. -
¿¡Dónde está!? ¿¡Debajo de la cama!? ¿¡Adentro del armario!?
La
puerta del armario se abrió y Benjamín sintió una puñalada en el pecho que no
le permitió ni gritar. Luego otra y otra.
El
marido de Taimir la asesinó a ella también, la subió a la azotea y la dejó allí
tirada sabiendo que nadie la encontraría.
Del
otro lado del espejo, Elena se levantó inquieta. Al no ver a su marido, lo
llamó repetidas veces buscándolo por toda la casa. Se metió entonces en ese
pasillo que jamás había visitado y, luego de chequear que las puertas seguían
bloqueadas, vio la escalera. A pesar de su largo y fino camisón, la mujer trepó
hasta llegar al altillo, que tenía la puerta abierta, penetró por ésta y vio
que una luz iluminaba todo.
Desde
el otro lado de una puerta de vidrio, un farol delataba su presencia y también
la de una chica de cabello largo que yacía muerta en el suelo. A su lado,
callado, estaba Benjamín comprobando sus signos de vida.
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¿Qué pasa, mi amor? ¿Quién es ésa? – cuestionó Elena alarmada.
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Escuché ruidos y vine a ver. Parece que la han asesinado. – murmuró nervioso.
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Volvé a la cama. No soporto que estemos peleados. – imploró la mujer cogiéndolo
del brazo y tirando de él para obligar a su esposo a seguirla.
Éste
se puso de pie, la besó y le dijo en un tono extrañamente tierno:
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Te amo, Elena. Siempre te amé. Perdoname si te traté de forma indebida. Prometo
que no lo vuelvo a hacer.
Así,
los dos regresaron a la cama dejando vestigios del presente y del pasado.
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