-
Eh… sí, claro. – dijo él totalmente extrañado.
-
¿Por qué me mirás con esa cara? ¿Ya no me amás? – inquirió ella a punto de
echarse a llorar. – Desde que nos casamos, has estado así de frío… siempre
estás evasivo como si nunca entendieras cuando te hablo… no sé… ¿ya no te
interesan nuestros temas de conversación?
Taimir
le acariciaba la mejilla, el pelo, la barbilla, el pecho, la pierna… su mano
cálida lograba relajar cada uno de sus músculos tensos por la confusión.
-
Vos sabés que te amo, Tai – le dijo él dejándose llevar por la situación. –
siempre te he amado. – le confesó mientras sentía un ardor en el pecho, un fuerte
nudo en la garganta… unos deseos incontenibles de llorar.
-
Yo también te amo. – dijo ella con voz dulce mientras unas lágrimas rodaban
hacia sus carnosos labios. – Sé que te evité por mucho tiempo cuando éramos
adolescentes. Siempre me dejé llevar por las apariencias. Siempre idealizaba a
mi pareja como alguien que tenía que ser lindo, inteligente, líder, deportista,
emprendedor… toda la vida ignoré a los chicos que no tuviesen eso para
ofrecerme. Toda mi vida me negué lo que realmente quería: alguien que me amara
y estuviera dispuesto a darme todo por amor.
-
Yo tenía eso para ofrecerte. – confesó Benjamín empezando a sollozar. – Yo
tenía mucho amor para darte… aparte, siempre fui capaz de darte una casa como
ésta.
-
No pensarás que estoy con vos por la casa, ¿no? Porque esta casa la compramos
entre los dos con una hipoteca.
-
Sí, claro. Sé que no te casaste conmigo por la plata.
Benjamín
había amado a Taimir por años sin atreverse a decírselo. Una vez, a los
diecisiete años, le había confesado su amor sin tener respuesta. Le dio tiempo
para contestar. Demasiado tiempo. Después, no volvió a preguntarle. Él pasó
años amándola hasta que se resignó, se fue a vivir a otra ciudad, estudió y
conoció a Elena. ¡Qué bien se lo pasaba con ella! ¡Era tan divertida, tan
inteligente, tan elegante, tan independiente y tan fuerte!
Nada
que ver con Taimir. Taimir era todo lo opuesto. Salvo por su hermosura
angelical, ella era más tranquila, ligeramente ignorante, sencilla, dependiente
y frágil como muñeca de porcelana. Si Elena era una reina, Taimir era una
princesa. Era una niña de pelo suelto y largo, vestido rosa de hada, zapatos
chatos y rubor natural.
Aunque
él nunca hubiese sido rozado por sus manos ni sentido el sabor de sus labios,
sabía que se destacaba por su insuperable dulzura. Su sonrisa siempre emanaba
alegría, ternura, optimismo. Eso era lo que a Elena le faltaba: ternura,
suavidad, calidez… Aun así, Taimir era bastante exigente cuando se trataba de
encontrar un amor y, por desgracia, Benjamín no había sido elegido. O, tal vez…
-
Me enamoré de vos el día en que te vi durante la fiesta de egresados vestido
tan galante… y aprovechaste el vals para decirme que me amabas. Así fue como
empezó nuestro amor.
Así…
ahora lo comprendía todo. Benjamín había pasado por el espejo, pero no se
hallaba dentro de una casa ajena haciendo las de amante sino en una vida
paralela. En una vida donde Taimir, su gran amor, estaba con él amándolo con
toda la intensidad de su corazón. En una vida donde él no se había acobardado
durante la fiesta de graduación y le había declarado su amor. Pues era verdad
que, la última vez que vio a Taimir, se había prometido sacarla a bailar y
luego se había echado atrás.
O
sea que… si le hubiera dicho que la amaba… pero era tarde. Él se había casado
con Elena. La había conquistado con todas sus armas sin cometer casi ningún
error, había recibido de ella regalos esmerados, la había visto ejercitarse
sólo para gustarle a él… realmente habían trabajado mucho la relación entre los
dos. Sin embargo, había cosas que no podían pedirse.
Taimir,
por el contrario, le hubiera ofrecido esas cosas sin que él se las pidiera…
Cayó
la noche y recordó que había dejado sola a su esposa por varias horas. ¡La
había engañado con el amor que supuestamente había superado! Desesperado, se
separó de Taimir, que acababa de dormirse en sus brazos, y corrió hacia el
altillo. Subió las escaleras haciendo todo el silencio posible, se acercó al
espejo y se halló frente a un hombre que lo alumbró con un farol.
¡Era
él mismo! ¡Y le hablaba!
-
Has estado con mi Taimir. – le dijo sin enojo. – Yo he estado con tu Elena. Es
una verdadera aventura. Me he divertido tanto con ella que solamente la dejé
cuando me acordé de que Taimir llevaba mucho tiempo sola. Tenía miedo de que
sospechara.

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