El Espejo
Era
un día frío de julio cuando Benjamín le presentó a Elena, su esposa, su nueva
casa. Era un caserón inmenso en la zona más antigua de la ciudad. Elena, al
verla, se enamoró. Emocionada, recorrió cada rincón exclamando “éste va a ser
el living, ésta va a ser la cocina, el comedor va a conectar…” Benjamín asentía
mecánicamente. Él había pensado en ordenar las habitaciones de otra forma, pero
acabó conformándose porque ella parecía tener el don de convertir una casa
vieja en un palacio. Sólo en una cosa no estaban de acuerdo ellos dos: a ella
le gustaba todo lo moderno, lo blanco, lo pulcro y equilibrado mientras que él
prefería lo viejo (con valor sentimental), lo colorido, lo maltratado con
estilo y el desequilibrio porque todo eso le hacía pensar en calidez interior.
Elena
y Benjamín eran una pareja joven. Él tenía veintinueve años, ella tenía
veintinueve y medio. Como aún estaban celebrando sus primeros meses de vida
matrimonial, habían decidido esperar un poco a tener hijos para tener más
tiempo para ellos. Querían instalarse, disfrutar, divertirse, estabilizarse y
recién entonces pensar en tener hijos.
El
día de la mudanza, había un desorden total. Benjamín iba ayudando a los de la
mudanza a cargar cosas mientras que su esposa iba indicando dónde debía ir cada
cosa. Por supuesto, ella no quería saber nada con levantar muebles así que se
dedicaba a ir armando la cocina, la sala, el dormitorio y a poner la ropa en
los armarios.
Elena
era una mujer muy hermosa: tenía pelo rubio recogido en un rodete, usaba siempre
vestidos, se colocaba lentes a la hora de leer, caminaba de un lado a otro
contemplándolo todo y tenía siempre temas de conversación con los que desvelar
a su marido durante los días en que no tenía ganas de complacerlo de otra
forma. Era una auténtica reina. Era la esposa perfecta… sin embargo… algo de
ella aburría a Benjamín. No sabía qué era pues Elena lo tenía todo. No eran sus
defectos como la incapacidad de abordar temas serios, la facilidad con que
solucionaba cualquier tema de forma superficial o el hecho de que no podía
pasar de la primera página de un libro de Dolina porque le parecía demasiado
poco realista. Después de todo, nadie es perfecto. ¿Qué era entonces lo que lo
aburría hasta el punto de desear tener una amante?
Cuando
Elena se durmió, después de un almuerzo al paso, Benjamín decidió echarle un
vistazo a la casa en busca de un algo que necesitaba a toda costa: un espacio
para pensar, para estar solo. Su esposa había armado acertadamente todos los
espacios para que ambos estuvieran a gusto (según ella) y no era que a él le
molestara convivir con el estilo que ella adoraba. Más bien, necesitaba su
propio refugio.
Entonces,
vio una escalera al final de un pasillo que no sería ocupado hasta que
decidieran tener hijos. En este pasillo había dos habitaciones cerradas con
llave, un baño que requería profunda limpieza y esa escalera. ¿Para qué sería?
Buscó por todo el suelo una puerta trampa. Nada. A lo mejor, la escalera no
llevaba a un sótano sino a un altillo. Miró hacia arriba. En efecto, había una puerta trampa a un metro
de su cabeza.
Tomó
la escalera, la apoyó y decidió subir. Esperaba que no hubiera ratones ni
murciélagos después de haber mandado gente a desratizar toda la casa. Abrió la
puerta. El polvo de allí junto con la humedad lo hicieron toser por largo rato
hasta que se acostumbró.
-
Me olvidé del farol. – dijo molesto y bajó a buscarlo.
Cuando
lo hubo encontrado y encendido, volvió a subir para explorar. Sólo vio allí un
montón de maderas, ratas muertas y… un espejo del tamaño de una puerta colocado
contra la pared. Estaba descubierto, aunque no reflejaba la luz de la linterna.
Se acercó a éste, lo examinó más de cerca y fue así como comprobó que no
reflejaba absolutamente nada sino que lo que había del otro lado era la
continuación del sótano. Lo palpó con sorpresa como buscando la forma de cruzar.
De repente, el vidrio cedió y Benjamín apareció del otro lado del sótano.
Miró
hacia atrás. Tocó el vidrio que acababa de atravesar. Se había recompuesto… o
nunca se había roto. Miró a su alrededor, farol en mano. Todo se veía igual que
del otro lado salvo por un extraño detalle: todo estaba al revés. La misma rata
muerta que él había encontrado del lado derecho ahora estaba del lado izquierdo
mirando también hacia el espejo.
Sin
querer, tropezó con una arandela. Tiró de ella con un poco de esfuerzo. Logró
abrirla y comprobar que debajo de él todo era bastante parecido a su casa.
Afortunadamente, la escalera estaba puesta así que, sin pensarlo dos veces,
bajó por ella.
Era
como haber pasado a través del espejo: el pasillo tenía las mismas dimensiones,
los tapices viejos de colores gastados seguían allí, las puertas de las
habitaciones eran de la misma madera barata, las perillas doradas estaban igual
de deslucidas… aunque el aire que se respiraba era distinto. Había olor a
comida. Había un calor particular que no se comparaba con el frío que sentía en
su casa. Pasó por el cuarto idéntico al que él hubiera querido como propio en
su hogar preguntándose si allí también vería un estudio y fue entonces cuando
el hombre quedó en estado de shock.
Allí,
frente a él, se hallaba Taimir, el amor de su vida en la adolescencia,
recostada en la cama matrimonial cubierta con un cubrecama color borgoña. ¿Qué
demonios hacía Taimir ahí? ¿Y por qué lo miraba con esos ojos?
-
¿Qué hacés ahí parado, mi amor? Vení a la cama. – suplicó ella mirándolo con
ojos tristes llenos de dulzura y lágrimas.
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