sábado, 14 de diciembre de 2013

El Espejo (parte 1)

Esta historia está inspirada en una película española que vi hace mucho tiempo. Espero que les guste.

El Espejo

Era un día frío de julio cuando Benjamín le presentó a Elena, su esposa, su nueva casa. Era un caserón inmenso en la zona más antigua de la ciudad. Elena, al verla, se enamoró. Emocionada, recorrió cada rincón exclamando “éste va a ser el living, ésta va a ser la cocina, el comedor va a conectar…” Benjamín asentía mecánicamente. Él había pensado en ordenar las habitaciones de otra forma, pero acabó conformándose porque ella parecía tener el don de convertir una casa vieja en un palacio. Sólo en una cosa no estaban de acuerdo ellos dos: a ella le gustaba todo lo moderno, lo blanco, lo pulcro y equilibrado mientras que él prefería lo viejo (con valor sentimental), lo colorido, lo maltratado con estilo y el desequilibrio porque todo eso le hacía pensar en calidez interior.
Elena y Benjamín eran una pareja joven. Él tenía veintinueve años, ella tenía veintinueve y medio. Como aún estaban celebrando sus primeros meses de vida matrimonial, habían decidido esperar un poco a tener hijos para tener más tiempo para ellos. Querían instalarse, disfrutar, divertirse, estabilizarse y recién entonces pensar en tener hijos.
El día de la mudanza, había un desorden total. Benjamín iba ayudando a los de la mudanza a cargar cosas mientras que su esposa iba indicando dónde debía ir cada cosa. Por supuesto, ella no quería saber nada con levantar muebles así que se dedicaba a ir armando la cocina, la sala, el dormitorio y a poner la ropa en los armarios.
Elena era una mujer muy hermosa: tenía pelo rubio recogido en un rodete, usaba siempre vestidos, se colocaba lentes a la hora de leer, caminaba de un lado a otro contemplándolo todo y tenía siempre temas de conversación con los que desvelar a su marido durante los días en que no tenía ganas de complacerlo de otra forma. Era una auténtica reina. Era la esposa perfecta… sin embargo… algo de ella aburría a Benjamín. No sabía qué era pues Elena lo tenía todo. No eran sus defectos como la incapacidad de abordar temas serios, la facilidad con que solucionaba cualquier tema de forma superficial o el hecho de que no podía pasar de la primera página de un libro de Dolina porque le parecía demasiado poco realista. Después de todo, nadie es perfecto. ¿Qué era entonces lo que lo aburría hasta el punto de desear tener una amante?
Cuando Elena se durmió, después de un almuerzo al paso, Benjamín decidió echarle un vistazo a la casa en busca de un algo que necesitaba a toda costa: un espacio para pensar, para estar solo. Su esposa había armado acertadamente todos los espacios para que ambos estuvieran a gusto (según ella) y no era que a él le molestara convivir con el estilo que ella adoraba. Más bien, necesitaba su propio refugio.
Entonces, vio una escalera al final de un pasillo que no sería ocupado hasta que decidieran tener hijos. En este pasillo había dos habitaciones cerradas con llave, un baño que requería profunda limpieza y esa escalera. ¿Para qué sería? Buscó por todo el suelo una puerta trampa. Nada. A lo mejor, la escalera no llevaba a un sótano sino a un altillo. Miró hacia arriba.  En efecto, había una puerta trampa a un metro de su cabeza.
Tomó la escalera, la apoyó y decidió subir. Esperaba que no hubiera ratones ni murciélagos después de haber mandado gente a desratizar toda la casa. Abrió la puerta. El polvo de allí junto con la humedad lo hicieron toser por largo rato hasta que se acostumbró.
- Me olvidé del farol. – dijo molesto y bajó a buscarlo.
Cuando lo hubo encontrado y encendido, volvió a subir para explorar. Sólo vio allí un montón de maderas, ratas muertas y… un espejo del tamaño de una puerta colocado contra la pared. Estaba descubierto, aunque no reflejaba la luz de la linterna. Se acercó a éste, lo examinó más de cerca y fue así como comprobó que no reflejaba absolutamente nada sino que lo que había del otro lado era la continuación del sótano. Lo palpó con sorpresa como buscando la forma de cruzar. De repente, el vidrio cedió y Benjamín apareció del otro lado del sótano.
Miró hacia atrás. Tocó el vidrio que acababa de atravesar. Se había recompuesto… o nunca se había roto. Miró a su alrededor, farol en mano. Todo se veía igual que del otro lado salvo por un extraño detalle: todo estaba al revés. La misma rata muerta que él había encontrado del lado derecho ahora estaba del lado izquierdo mirando también hacia el espejo.
Sin querer, tropezó con una arandela. Tiró de ella con un poco de esfuerzo. Logró abrirla y comprobar que debajo de él todo era bastante parecido a su casa. Afortunadamente, la escalera estaba puesta así que, sin pensarlo dos veces, bajó por ella.
Era como haber pasado a través del espejo: el pasillo tenía las mismas dimensiones, los tapices viejos de colores gastados seguían allí, las puertas de las habitaciones eran de la misma madera barata, las perillas doradas estaban igual de deslucidas… aunque el aire que se respiraba era distinto. Había olor a comida. Había un calor particular que no se comparaba con el frío que sentía en su casa. Pasó por el cuarto idéntico al que él hubiera querido como propio en su hogar preguntándose si allí también vería un estudio y fue entonces cuando el hombre quedó en estado de shock.
Allí, frente a él, se hallaba Taimir, el amor de su vida en la adolescencia, recostada en la cama matrimonial cubierta con un cubrecama color borgoña. ¿Qué demonios hacía Taimir ahí? ¿Y por qué lo miraba con esos ojos?
- ¿Qué hacés ahí parado, mi amor? Vení a la cama. – suplicó ella mirándolo con ojos tristes llenos de dulzura y lágrimas.


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