martes, 17 de diciembre de 2013

·El espejo (parte 3)



- Vos… ¿quién sos?
- ¿Quién soy? ¡Yo soy vos! Haciendo lo que vos no te atreviste a hacer. Le declaré mi amor a Taimir, nos hundimos en un valle de perfume, rosas, besos y calidez, nos abrazamos el alma, nos casamos… y, después, me aburrió. Siempre hablamos de las mismas cosas. ¡Es tan pegajosa! Ya ni siquiera siento cuando le digo “te amo”. Es como decirle “tengo sueño”. Esas mariposas que sentía cuando me besaba desaparecieron y es como si me diera un beso mi madre. Me he acostumbrado demasiado a ella.
Benjamín sintió un acceso de rabia y, al mismo tiempo, un sentimiento de comprensión. ¿Cómo podía él ser tan cruel al hablar de Taimir, el amor de su vida? Al mismo tiempo… ¿Acaso Benjamín no se contenía fuertemente de decir lo mismo acerca de Elena? Ambos se habían aburrido de sus esposas luego de haberlas amado tanto.
Así fue como los dos decidieron cambiarse de lugar por unas horas todos los días. Ninguna de las mujeres sospecharía del cambio. Sólo se encontrarían con un marido que, por unas horas, las amaba de verdad.
Había veces en que pasaban los dos un día con una mujer y un día con la otra logrando sacar lo mejor de cada momento y compartir la vida.
Las cosas marchaban bastante bien. Las mujeres, particularmente perspicaces, podían sospechar de la ausencia de su marido y del cambio de sus sentimientos… pero no que su marido era sustituido por uno mejor. De hecho, Benjamín, al llegar a su casa, siempre hallaba a Elena satisfecha.
Pero el tiempo pasó y, aunque las cosas seguían marchando bien, los cambios se empezaron a hacer menos frecuentes. Cada uno empezaba a sentir deseos de estar con su respectiva esposa y a visitar cada vez menos el altillo.
Los paseos por el florido jardín, las tardes escuchando música, tomando el té con los amigos o solamente con Elena, las salidas al teatro y las noches en vela se empezaban a convertir en momentos maravillosos para Benjamín. Elena, de repente, era para él la mejor esposa del mundo sin ninguna duda. Nada de charlas melosas, tardes mirando el ocaso en silencio, tediosas horas escuchando baladas ni leyendo novelas rosas. A Elena le gustaba la comedia inteligente, la música de cámara, el baile de salón y algunos domingos sin Misa.



Benjamín se preguntaba si su otro yo se la pasaba tan bien como él.
Sin embargo, una noche, se despertó con un sentimiento de urgencia. Elena dormía como un tronco, o fingía dormir, luego de haber tenido con él una discusión acalorada. Al parecer, ella sospechaba la infidelidad, aunque no podía comprobarla. Furioso, él la había tratado de desquiciada, desconfiada, paranoica y caprichosa.
Tuvo deseos de ver a Taimir.
Benjamín se preguntaba si su otro yo estaría pasando por lo mismo.
Silenciosamente, se deslizó por la habitación hacia el pasillo descuidado, trepó por la escalera de mano, abrió la puerta del altillo y se halló de nuevo en aquel oscuro recinto sin ninguna luz. Tanteó las paredes astilladas rogando que ninguna le hiriera la mano, palpó la puerta del espejo y cruzó hacia el otro lado.
Abrió la puerta trampa a toda prisa, se lanzó en busca de la escalera… pero ésta no estaba. Estuvo colgado por un buen rato intentando tocarla con los pies. Tal vez había errado la posición de dicho mueble. Algo se le clavó en el dedo obligándolo a soltarse de donde estaba colgado. Cayó de cola al suelo y, dolorido, se dirigió al cuarto de Taimir.
Para su sorpresa, la halló sola en posición de espera. Parecía haber esperado por su esposo por horas para hacer el amor puesto que sus pechos desnudos estaban cubiertos por su largo pelo ondulado.
- Mi amor, por fin llegaste. – le dijo ella poniéndose colorada por la alegría. – Me estaba por quedar dormida.
Benjamín corrió hacia la cama y estaba por quitarse la ropa cuando oyó pasos en la sala de estar.
- Tai, ya volví. Fui a casa de tu madre, pero estaban todos bien. – dijo la voz del otro Benjamín.
Taimir miró a su falso esposo totalmente pasmada. Éste, alarmado, corrió hacia el armario, se escondió entre los abrigos y cerró la puerta como pudo. Nunca se había imaginado que el otro no iba a planear cambiarse de lugar esa noche.
- ¿Qué pasa, Tai? ¿Por qué estás tan nerviosa? – inquirió el hombre con brusquedad.
Ella no contestaba. Lo mirada perpleja mientras temblaba.
- Hay olor a perfume de hombre. ¿¡Hay alguien acá!?


domingo, 15 de diciembre de 2013

El Espejo (parte 2)



- Eh… sí, claro. – dijo él totalmente extrañado.
- ¿Por qué me mirás con esa cara? ¿Ya no me amás? – inquirió ella a punto de echarse a llorar. – Desde que nos casamos, has estado así de frío… siempre estás evasivo como si nunca entendieras cuando te hablo… no sé… ¿ya no te interesan nuestros temas de conversación?
Taimir le acariciaba la mejilla, el pelo, la barbilla, el pecho, la pierna… su mano cálida lograba relajar cada uno de sus músculos tensos por la confusión.
- Vos sabés que te amo, Tai – le dijo él dejándose llevar por la situación. – siempre te he amado. – le confesó mientras sentía un ardor en el pecho, un fuerte nudo en la garganta… unos deseos incontenibles de llorar.
- Yo también te amo. – dijo ella con voz dulce mientras unas lágrimas rodaban hacia sus carnosos labios. – Sé que te evité por mucho tiempo cuando éramos adolescentes. Siempre me dejé llevar por las apariencias. Siempre idealizaba a mi pareja como alguien que tenía que ser lindo, inteligente, líder, deportista, emprendedor… toda la vida ignoré a los chicos que no tuviesen eso para ofrecerme. Toda mi vida me negué lo que realmente quería: alguien que me amara y estuviera dispuesto a darme todo por amor.
- Yo tenía eso para ofrecerte. – confesó Benjamín empezando a sollozar. – Yo tenía mucho amor para darte… aparte, siempre fui capaz de darte una casa como ésta.
- No pensarás que estoy con vos por la casa, ¿no? Porque esta casa la compramos entre los dos con una hipoteca.
- Sí, claro. Sé que no te casaste conmigo por la plata.
Benjamín había amado a Taimir por años sin atreverse a decírselo. Una vez, a los diecisiete años, le había confesado su amor sin tener respuesta. Le dio tiempo para contestar. Demasiado tiempo. Después, no volvió a preguntarle. Él pasó años amándola hasta que se resignó, se fue a vivir a otra ciudad, estudió y conoció a Elena. ¡Qué bien se lo pasaba con ella! ¡Era tan divertida, tan inteligente, tan elegante, tan independiente y tan fuerte!
Nada que ver con Taimir. Taimir era todo lo opuesto. Salvo por su hermosura angelical, ella era más tranquila, ligeramente ignorante, sencilla, dependiente y frágil como muñeca de porcelana. Si Elena era una reina, Taimir era una princesa. Era una niña de pelo suelto y largo, vestido rosa de hada, zapatos chatos y rubor natural.



Aunque él nunca hubiese sido rozado por sus manos ni sentido el sabor de sus labios, sabía que se destacaba por su insuperable dulzura. Su sonrisa siempre emanaba alegría, ternura, optimismo. Eso era lo que a Elena le faltaba: ternura, suavidad, calidez… Aun así, Taimir era bastante exigente cuando se trataba de encontrar un amor y, por desgracia, Benjamín no había sido elegido. O, tal vez…
- Me enamoré de vos el día en que te vi durante la fiesta de egresados vestido tan galante… y aprovechaste el vals para decirme que me amabas. Así fue como empezó nuestro amor.
Así… ahora lo comprendía todo. Benjamín había pasado por el espejo, pero no se hallaba dentro de una casa ajena haciendo las de amante sino en una vida paralela. En una vida donde Taimir, su gran amor, estaba con él amándolo con toda la intensidad de su corazón. En una vida donde él no se había acobardado durante la fiesta de graduación y le había declarado su amor. Pues era verdad que, la última vez que vio a Taimir, se había prometido sacarla a bailar y luego se había echado atrás.
O sea que… si le hubiera dicho que la amaba… pero era tarde. Él se había casado con Elena. La había conquistado con todas sus armas sin cometer casi ningún error, había recibido de ella regalos esmerados, la había visto ejercitarse sólo para gustarle a él… realmente habían trabajado mucho la relación entre los dos. Sin embargo, había cosas que no podían pedirse.
Taimir, por el contrario, le hubiera ofrecido esas cosas sin que él se las pidiera…
Cayó la noche y recordó que había dejado sola a su esposa por varias horas. ¡La había engañado con el amor que supuestamente había superado! Desesperado, se separó de Taimir, que acababa de dormirse en sus brazos, y corrió hacia el altillo. Subió las escaleras haciendo todo el silencio posible, se acercó al espejo y se halló frente a un hombre que lo alumbró con un farol.



¡Era él mismo! ¡Y le hablaba!
- Has estado con mi Taimir. – le dijo sin enojo. – Yo he estado con tu Elena. Es una verdadera aventura. Me he divertido tanto con ella que solamente la dejé cuando me acordé de que Taimir llevaba mucho tiempo sola. Tenía miedo de que sospechara.

sábado, 14 de diciembre de 2013

El Espejo (parte 1)

Esta historia está inspirada en una película española que vi hace mucho tiempo. Espero que les guste.

El Espejo

Era un día frío de julio cuando Benjamín le presentó a Elena, su esposa, su nueva casa. Era un caserón inmenso en la zona más antigua de la ciudad. Elena, al verla, se enamoró. Emocionada, recorrió cada rincón exclamando “éste va a ser el living, ésta va a ser la cocina, el comedor va a conectar…” Benjamín asentía mecánicamente. Él había pensado en ordenar las habitaciones de otra forma, pero acabó conformándose porque ella parecía tener el don de convertir una casa vieja en un palacio. Sólo en una cosa no estaban de acuerdo ellos dos: a ella le gustaba todo lo moderno, lo blanco, lo pulcro y equilibrado mientras que él prefería lo viejo (con valor sentimental), lo colorido, lo maltratado con estilo y el desequilibrio porque todo eso le hacía pensar en calidez interior.
Elena y Benjamín eran una pareja joven. Él tenía veintinueve años, ella tenía veintinueve y medio. Como aún estaban celebrando sus primeros meses de vida matrimonial, habían decidido esperar un poco a tener hijos para tener más tiempo para ellos. Querían instalarse, disfrutar, divertirse, estabilizarse y recién entonces pensar en tener hijos.
El día de la mudanza, había un desorden total. Benjamín iba ayudando a los de la mudanza a cargar cosas mientras que su esposa iba indicando dónde debía ir cada cosa. Por supuesto, ella no quería saber nada con levantar muebles así que se dedicaba a ir armando la cocina, la sala, el dormitorio y a poner la ropa en los armarios.
Elena era una mujer muy hermosa: tenía pelo rubio recogido en un rodete, usaba siempre vestidos, se colocaba lentes a la hora de leer, caminaba de un lado a otro contemplándolo todo y tenía siempre temas de conversación con los que desvelar a su marido durante los días en que no tenía ganas de complacerlo de otra forma. Era una auténtica reina. Era la esposa perfecta… sin embargo… algo de ella aburría a Benjamín. No sabía qué era pues Elena lo tenía todo. No eran sus defectos como la incapacidad de abordar temas serios, la facilidad con que solucionaba cualquier tema de forma superficial o el hecho de que no podía pasar de la primera página de un libro de Dolina porque le parecía demasiado poco realista. Después de todo, nadie es perfecto. ¿Qué era entonces lo que lo aburría hasta el punto de desear tener una amante?
Cuando Elena se durmió, después de un almuerzo al paso, Benjamín decidió echarle un vistazo a la casa en busca de un algo que necesitaba a toda costa: un espacio para pensar, para estar solo. Su esposa había armado acertadamente todos los espacios para que ambos estuvieran a gusto (según ella) y no era que a él le molestara convivir con el estilo que ella adoraba. Más bien, necesitaba su propio refugio.
Entonces, vio una escalera al final de un pasillo que no sería ocupado hasta que decidieran tener hijos. En este pasillo había dos habitaciones cerradas con llave, un baño que requería profunda limpieza y esa escalera. ¿Para qué sería? Buscó por todo el suelo una puerta trampa. Nada. A lo mejor, la escalera no llevaba a un sótano sino a un altillo. Miró hacia arriba.  En efecto, había una puerta trampa a un metro de su cabeza.
Tomó la escalera, la apoyó y decidió subir. Esperaba que no hubiera ratones ni murciélagos después de haber mandado gente a desratizar toda la casa. Abrió la puerta. El polvo de allí junto con la humedad lo hicieron toser por largo rato hasta que se acostumbró.
- Me olvidé del farol. – dijo molesto y bajó a buscarlo.
Cuando lo hubo encontrado y encendido, volvió a subir para explorar. Sólo vio allí un montón de maderas, ratas muertas y… un espejo del tamaño de una puerta colocado contra la pared. Estaba descubierto, aunque no reflejaba la luz de la linterna. Se acercó a éste, lo examinó más de cerca y fue así como comprobó que no reflejaba absolutamente nada sino que lo que había del otro lado era la continuación del sótano. Lo palpó con sorpresa como buscando la forma de cruzar. De repente, el vidrio cedió y Benjamín apareció del otro lado del sótano.
Miró hacia atrás. Tocó el vidrio que acababa de atravesar. Se había recompuesto… o nunca se había roto. Miró a su alrededor, farol en mano. Todo se veía igual que del otro lado salvo por un extraño detalle: todo estaba al revés. La misma rata muerta que él había encontrado del lado derecho ahora estaba del lado izquierdo mirando también hacia el espejo.
Sin querer, tropezó con una arandela. Tiró de ella con un poco de esfuerzo. Logró abrirla y comprobar que debajo de él todo era bastante parecido a su casa. Afortunadamente, la escalera estaba puesta así que, sin pensarlo dos veces, bajó por ella.
Era como haber pasado a través del espejo: el pasillo tenía las mismas dimensiones, los tapices viejos de colores gastados seguían allí, las puertas de las habitaciones eran de la misma madera barata, las perillas doradas estaban igual de deslucidas… aunque el aire que se respiraba era distinto. Había olor a comida. Había un calor particular que no se comparaba con el frío que sentía en su casa. Pasó por el cuarto idéntico al que él hubiera querido como propio en su hogar preguntándose si allí también vería un estudio y fue entonces cuando el hombre quedó en estado de shock.
Allí, frente a él, se hallaba Taimir, el amor de su vida en la adolescencia, recostada en la cama matrimonial cubierta con un cubrecama color borgoña. ¿Qué demonios hacía Taimir ahí? ¿Y por qué lo miraba con esos ojos?
- ¿Qué hacés ahí parado, mi amor? Vení a la cama. – suplicó ella mirándolo con ojos tristes llenos de dulzura y lágrimas.