sábado, 27 de octubre de 2012

Recuerdos de amor en mi Mp3 (historia musical)


La idea es musicalizar la historia con los links a medida que aparecen para oírlos a modo de soundtrack. Inténtenlo y díganme qué les parece el pequeño experimento.

Me sequé el pelo, guardé las cosas en mi  cartera, encendí el MP3 y salí. Nadie me ha felicitado jamás por mis gustos musicales. Soy capaz de mezclar folklore con cumbia con el mayor de los descaros. Cuesta entender que cada melodía me remonta a distintos momentos de mi vida. 
Hoy era un día muy especial. Por fin iba a probarme el vestido que acompañaría mi “sí” definitivo. Y claro, para ese momento, necesitaba ponerme en clima. Por eso me llevaba mi MP3.

http://www.youtube.com/watch?v=b2o25gTJsyA (Zamba y acuarela - Rally Barrionuevo)

Amalita estaba juntando flores en el prado para adornar su pollera y su cabello imaginando que su niño se le declararía al verla vestida como un hada de primavera.  No se decidía por los colores. ¿El rojo de la pasión? ¿El  blanco de la pureza? ¿El verde de la naturaleza? ¿El rosa de la infancia? Tampoco sabía si quería parecer una niña bella de cabello suelto o una joven madura con un recogido de reina.
Vio que frente a ella pasaba él mirando el jardín. Ruborizándose, ella lo saludó con la mano. Él la miró y agitó la mano levemente en respuesta, aunque no sonrió. ¿Por qué? ¿Acaso era demasiado tímido para demostrar sus sentimientos? ¿Se había sonrojado al verla? Ella no se había fijado. Es que cuando ella lo miraba así, no se fijaba en sus defectos pues la imagen real y la de su imaginación se intercalaban dando una figura más bien fantasiosa.
Cuando acabó, la niña corrió a su casa a ponerlas en agua. Estaba ansiosa pues esa noche ella cumplía quince años y habría una gran fiesta en el campo a la que su chico había prometido ir. De hecho, toda su familia (la de él) iría. Amalita bailaría tal como su madre le había enseñado y pediría que él la invitara. Sabía que se pondría tímido pero a ninguna chica le había negado jamás al menos una zamba. “Y yo soy su enamorada, a mí me pedirá que baile más de una”.
El momento de la fiesta llegó. Amalita saludaba a los invitados, conversaba con sus amigas, sus primas, sus hermanas, sus padres… pero, a propósito, evitaba saludarlo a él. Era él quien debía acercarse a desearle feliz cumpleaños. De hecho, no lo había hecho durante el día. Seguramente, quería darle una sorpresa.
El vals quedó reservado para los tíos y primos de Amalita. Ella, sin embargo, añoraba el momento en que él, que era un excelente bailarín, la sacara a bailar la zamba que a ella le salía mejor.
Y por fin llegó ese momento. Él seguía los pasos y agitaba el pañuelo… aunque no la miraba. De hecho, andaba un poco distraído. Confundía los pasos, la hacía confundir a ella, giraba antes de tiempo… olvidaba mover el pañuelo… y, justo después de dejar a la compañera en el lugar, huyó como un  niño encaprichado.
Pensando en mi primer amor, me amargué un poco pues toda chica se imagina el primero como el último y lo acompaña de esos pensamientos románticos que sólo el folklore, en mi opinión, ilustra con tanta dulzura e inocencia.  Y así anduve un poco sombría mientras le ponía baterías al aparato. Me sorprendió que el siguiente tema fuese más deprimente que los anteriores… y me trajera mejores recuerdos.

http://www.youtube.com/watch?v=DVBgt4vYGPU (Sognare - Division minúscula)

Melisa conversaba con sus amigas durante un asado cuando unos chicos se acercaron a decirle:
-Leo está enamorado de vos.
-¿Quién es Leo? – preguntó Melisa mientras sus amigas reían. – ¿Quién es Leo?
-¡Leo! ¡El que usa siempre un saco negro y lentes de sol!
-¿Cuál?
-Ese que el otro día te preguntó cómo se llamaba no sé qué canción… ¡El chaqueño!
Melisa estaba totalmente perdida. Sobre que no recordaba haber visto a un chico con saco negro y lentes de sol, ella no prestaba atención a las canciones de fondo que oía en las fiestas de su residencia y mucho menos reconocía las tonadas que no fueran la cordobesa o la porteña.
-¿Está acá?
-No, no vino. Se juntó con sus amigos de no sé dónde. – contestó el chico que había hablado al principio.
Por suerte, Melisa no perdió el sueño por ese muchacho que estaba muerto de amor por ella, pero que a duras penas le había dirigido la palabra. Esa noche, ella salió a bailar con sus amigas y coincidió con un  chico bastante divertido que no tenía interés en un romance, pero sí en entretenerla. De hecho, se divirtieron más haciendo tonterías que bailando. El chico le pidió su número de teléfono y ella se lo dio dando por sentado que él no la llamaría. Y no estaba errada. Ambos seguían un rito común.
A la mañana siguiente, ella fue sola al comedor de la residencia en la que vivía junto con sus amigas. Se sentó justo al frente del tal Leo con su saco negro, sus lentes y su tonada supuestamente chaqueña.
-Parece que anoche te divertiste bastante. – bromeó Leo como para sacar conversación.
-En realidad, sí. – contestó Melisa alegremente. - estuve toda la noche con un chabón que no quería tener un romance.
-Qué divertido. – ironizó el muchacho.
-Bueno, yo tampoco quería un romance.
-Repito… qué divertido.
-No todas las noches hay que chaparse a alguien en un boliche.
-¿Vos tenés ojos claros?
-¡Cómo! ¿Vos gustás de mí y no lo sabés? ¡Ah, claro! Con esos lentes…
-Tenés razón. – murmuró Leo y se los quitó.
-Anoche en el baile no te pregunté tu nombre.
-No, es cierto.   
No mentía el famoso dicho: “El amor llega cuando menos te lo esperás”. Yo conocí el amor gracias al chico más distraído en toda la tierra. Claro que yo, en ese tiempo, era bastante dramática. Sabía bien que yo le gustaba, pero siempre esperaba algo más. Por ejemplo, que llegara sin que lo llamara.

http://www.youtube.com/watch?v=RMDYOT4QXFk (Quereme - Miranda)

Sentada en su escritorio, Sofía leía un apunte aburrido de la facultad. No vivía sola en su departamento pero, cuando su compañera de cuarto se iba a pasar el día entero con su novio, Sofía se sentía realmente sola. A veces, “aprovechaba” el tiempo para estudiar. Otras, llamaba a cualquiera de sus amigas. En algunas ocasiones, reordenaba el placard de sus recuerdos (libros, discos, cartas, dibujos)… en otras, se quedaba junto al teléfono esperando que su chico la llamara de la nada.
Eran las siete de la tarde y ella ya había hecho todo: llamar a sus ocupadas amigas, desordenar su placard, intentar estudiar… y ahora esperaba la llamada. Pensó en llamarlo ella. Calentó agua para el mate, la puso en el termo y salió a conseguir algo para merendar. Como vivía en el primer piso, sólo tuvo que bajar unos escalones.
Pasó cerca de la casa de él. La luz de su ventana revelaba que estaba acompañado. Por lo que él le había contado, ese día lo visitaba su hermana… una chica muy pesada que jamás se iba. ¡Bien! Puedo llamarlo para que la despida y venga a mi casa.
Compró bizcochitos, regresó a su departamento, tomó el teléfono y marcó. No había tono. ¡Qué mala suerte! Y era el teléfono de ella. Bueno, al menos no era que él no le quería hablar. El agua se enfrió. Ella volvió a calentarla. Se volvió a enfriar.
De pronto, vio una rata cerca de su pie. Corrió desesperada hacia el balcón a buscar la escoba, se paró en un banquito, éste se inclinó y ella cayó… JUSTO EN SUS BRAZOS.

¿Alguna vez tuvieron la sensación de que un príncipe les salvaba la vida? Algo parecido a que “un clavo saca a otro clavo”.  Yo no. Sin embargo, un amor puede restaurar un poco los desastres que hizo el anterior… si una se deja curar. Y es que alguien puede sacarte del abismo. Pero no puede vivir evitando que te caigas en otro. Una vez en tierra firme, debes volver a caminar por tu cuenta y con seguridad para no dar un mal paso y caer de nuevo.
En eso pensaba yo mientras me probaba mi vestido. Era maravilloso. No era tal como lo había imaginado, pero la modista me hizo ver que ciertas cosas no se ven tan bien como creemos y que éste era el ideal. Al final, me convenció. Aunque le faltaban unos arreglos, le pedí llevármelo para mostrárselo a mis amigas. “Mañana te lo traigo sanito así lo terminás.” Le prometí. Ella accedió no muy convencida y me lo entregó.
Mientras caminaba con el vestido envuelto y con sumo cuidado de no mancharlo, interrumpí mis pensamientos en los que mi madre decía: “¡cómo vas a andar con el vestido así! ¡Tendrías que haber venido en taxi o me hubieras llamado! ¡Mirá si se arruina!” y me puse a pensar en los maravillosos momentos con mi amor. Los pasados y los futuros. Pensaba en su cara al verme, en 
su sonrisa, en su voz, en la cena que tendríamos esa noche sin ningún motivo en especial… ¿Qué 
podía salir mal en mi vida?
Entonces, cuando acababa de entrar a mi casa, oí que alguien golpeaba la puerta. Corrí a abrir pensando que era mi mejor amiga, pero allí estaba “ése”. Fue un poco embarazoso que me viera en corpiño y pollera. Sin embargo, mi ira pudo más que mi vergüenza cuando vi sus ojos húmedos.
“Ése” me había despreciado toda su vida. Me había ignorado. Había prometido ser mi amigo… ¡Pura mentira! Me había evitado. No había estado nunca a mi lado.

http://www.youtube.com/watch?v=WXmkkFdFfmg (Yo viviré - Azucar Moreno)

Fue entonces cuando se me ocurrió una idea. Si él decía que me quería, debería conocer toda la verdad. Abrí la puerta de par en par, fui caminando decididamente hacia mi vestido de novia y comencé a ponérmelo frente a él. En caso de que no estuviese totalmente convencido de que yo ya no le pertenecía, busqué las cosas para el cabello y procedí a armarme el peinado frente al espejo que se hallaba en la sala. ¡Pero todavía faltaba algo! Comencé a ponerme el maquillaje. ¿Todavía no me creía? Evidentemente no, pues no se iba. Se quedaba mirándome atontado como si la noticia le hubiese caído como un balde de agua fría... pero seguía ahí.
Recité la lista de esas cosas que a una novia no le podían faltar: algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. ¿Algo nuevo? El velo. ¿Algo prestado? Los zapatos de mi hermana. ¿Algo azul? Mi pulsera favorita con un zafiro. ¿Algo viejo?
-Vos. - le dije sacándole la corbata del cuello y poniéndomela sobre el vestido.
De repente, él se convirtió en un humo azul y desapareció. Hoy ya no recuerdo su rostro, su voz, sus historias, sus ojos... ni siquiera Su nombre.


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